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jueves, 12 de julio de 2012

Antología twistera (8): Apalabrados

El dichoso robotito verde sabe bien cómo funciona esto. Nosotros no: somos unos auténticos aficionados cuyo grito (que en nuestra breve historia ya viene de largo) resuena como el eco estéril en el chiste de Eugenio ("¡¿hay alguien?!"). Y, cuando por fin una voz contesta, puede que no tengamos la valentía necesaria para escucharla. El robotito verde, los trending topic (con una vida inferior a los 11 minutos, dicen, pero armando más ruido que un elefante en una cacharrería) y todo aquello que tiene que ver con lo consumible, lo exprés, lo fugaz, en este mundo de obsolescencia programada en el que nosotros mismos quedamos obsoletos si no nos pulsan en "me gusta". ¡Malditos diablos!

Pues resulta que ahora hay toda una comunidad enloquecida con el dichoso Apalabrados y, aunque debo reconocer que no he probado el jueguito (mi teléfono móvil aún manda sus mensajes a través de Correos... el modelo anterior los enviaba en burro), la verdad es que tiene una pinta estupenda. Y parece que sube como la espuma. Y da igual si muchos de esos jugones locos no han pisado un libro tiempo ha: esto del Apalabrados es una auténtica locura colectiva. Y la culpa de esto no es ni del abuelo Butts, tomando sus artesanales fichitas de esos cajones de un desván para montar a mano un nuevo juego, ni de Mattel, que vive más pendiente de sus Barbies (y de veras que lo entiendo, porque dónde va a parar una buena Barbie comparada con un jueguito de tablero que, además, es saboteado una y otra vez a base de un par de pases mágicos evadiendo derechos), ni de nosotros, pobres predicadores medio afónicos de las maravillas de un juego que, sobre un tablero de verdad, apenas es nada, mientras que jugado desde un flamante móvil es la caña de España. No nos engañemos, la culpa es del dichoso robotito verde, que debe ser algo así como El Oráculo que todo lo sabe, o el Rey Midas que todo lo que toca se convierte en oro.


Pues bien, señor Android, le diré una cosa: podrá usted tener medio embobados a millones de personas en un montón de idiomas, podrá usted conseguir en un suspiro lo que nosotros no seamos capaces de hacer en un millón de años, podrá usted "tener movida hace tiempo" (como decían Los Refrescos), pero jamás conseguirá enseñar a ninguno de esos fervientes seguidores suyos que este juego está repleto de magia, que cuando uno se sienta frente a un tablero de juego, con su rival enfrente, con el relojito al lado descontando segundos con perversión, con sudores, miradas y re-acomodos en la silla una y otra vez, esa maravilla que usted propaga a través de las ondas como un virus por el que todos quieren enfermar se queda en nada, se vuelve nada, pequeño androide de hojalata verde.

Y mientras cada uno de los enganchados a este fantástico Apalabrados os volvéis a conectar para jugar otra partida, y luego otra... en esos fugaces o eternos instantes en que os mantenéis tomando vuestra dosis, estáis perdiendo una nueva oportunidad de saber que el verdadero juego se disfruta en tablero, o que este año aún dispones de una ocasión única para probarlo y prepararte, con la antelación suficiente, para conseguir ser uno de los privilegiados que pueda disfrutar en España del XVI Campeonato Mundial de Scrabble(R) en Español.

Little Green Man: ¿puedes hacer esto? :p

jueves, 28 de junio de 2012

Antología twistera (6): Cosas que nunca te dije

Todas las palabras en negrita son, a día de hoy (marzo de 2012) inexistentes en el DRAE y, por tanto, inválidas para el juego del Scrabble, así como muchas otras de uso igualmente común.

Advertencia: las palabras contenidas en este texto pueden herir el léxico del escrablista.

Ningún animal ha sido maltratado en esta composición.


Por miles de años había jugado al go,
juego que me llenó por estratégico,
pero algo en él, se ve, no me colmó:
iba manco de léxico.

Por eso es que al Scrabble me pasé
(era también numérico):
eso de anagramar, qué quiere usted,
me parecía épico.

Pasé de usar el anagramador
(no lo veía ético)
para sacar del juego lo mejor
(el álgebra de lo poético).

Miles de nónuples o nónuplos cacé
en mil conflictos bélicos,
como escrablista pleno de brío y fe,
enérgico, frenético.

Pero algo había que no me llenaba
(faltaba sexo tántrico),
no se yo qué sería, me asfixiaba
en un vértigo asmático.

Hallé por fin respuesta a mi dolencia
(aquí seré sintético):
mi amado juego, ved qué inconsistencia,
hacía oídos sordos a un montón de léxico.

Así, pensé en saltar de disciplina
(quizá algo más atlético),
pero me vi en orsay y sin medicina
(escéptico, colérico).

Le pregunté a una chica, que era arquera
en un equipo ibérico,
cómo podía vivir en la miseria
de no tener siquiera un nombre auténtico.

Me explicó que logró curar su mal
con la fisioterapia de un soviético
que, venga a masajear y masajear,
logró quitarle aquel pesar endémico.

Probé también el arte de encestar
(ya veis si soy intrépido),
pero pronto entendí, al rebotear,
que así no hallaría el éxito.

¡Qué yuyu! ¡Era flipante! ¡Vaya truño!
¡No podía dar crédito!
Desnudo me sentía (o en gayumbos)
en un desierto gélido.

¡Que chuminoso soy!, diréis algunos
(como un julai panléxico),
presto a chafardear, como un marujo,
en las miserias de este baúl babélico.

Yo correría a gorrazos al fallón
que dejó tanto hueco enciclopédico,
debía estar el pillín de subidón
(eso, o agarró un cagarro hipoglucémico)

Vagué por arroyuelos y placetas,
quizás deseando haber sido disléxico
(y no plantearme así si piruleta
era un dulce, o un amargo error misérrimo).

Busqué consuelo en puticlubs oscuros,
en barrios de corralas esperpénticos,
y todos fueron para mi alma zulo,
vil presidio alfabético.

Decidí darme entonces a las birras,
pero no conseguí el efecto amnésico.
Chupachups, gominolas, ¡vaya birria!,
tampoco me sirvieron de analgésico.

Pero héte aquí que estaba ahora enganchado
a una ruin tupitaina con estrépito.
Llegué a comer brócolis caducados,
creo que hasta hálibuts descompuestos, fétidos.

Llené carritos de la compra enteros
de rúcula especiada, hasta de séquitos
de huevos que no habrían de ser polluelos,
pues en mi panza acabarían, angélicos.

Llené mi frigo, me hice gran paellero,
entre caldos hirvientes me hice técnico
en pochar, emplatar, lonchear y creo
que hasta en uperizar me hice modélico.

Nada en esta embriaguez alimentaria
me consiguió evadir del que era auténtico
germen de esas penurias y desgracias
lexicales a las que era alérgico.

Buscaron en mi córtex cerebral
la raíz de mi problema (¿sería médico?).
Nada. Tampoco el mal era hormonal
(mis feromonas, bien)... ¿Problema pélvico?

Busqué en el internet sin resultados
(dicho mejor, con resultado pésimo):
sólo hallé tutoriales encriptados
y un chat de rollo lésbico.

Me llamó la atención, eso sí, el logo
de un garito de chismes esotéricos.
No compré (no creáis que soy tan bobo),
pero me ploteé aquel logo étnico.

Con mis fuerzas así ya fallecidas,
con mi ánimo famélico, decrépito,
con mi fe ya encallada y abducida
por la idea de un fin tétrico,

surgidos de la nada, revivieron
mi alma unos pensamientos energéticos:
¿por qué demonizar a los que hicieron
del lexicón un ente cojo, anémico?

¿Adónde reubicar tantas lagunas?
¿A qué buscar un léxico modélico?
¿Cómo recolocarlas, de una en una,
tantas cosas no dichas? ¿Dónde el mérito?

Entonces mi pesar se hizo pequeño,
poco a poco se fue mi miedo escénico.
Lo celebré fumando un caliqueño
olvidando que eso, hoy, ya no es estético.

Parar Gran Taxi Vacío

Agradecimientos: a mis compañeros de la AJS

jueves, 21 de junio de 2012

Antología twistera (5): El amigo tramposo

Todos nos hemos topado con alguno al menos una vez. En la vida, son aquéllos que ofrecen menos y esperan más. Son otras cualidades de su personalidad (o tal vez una afinidad especial en otros aspectos de nuestra relación, o quizá una suerte de autoexigencia en algún momento de nuestra historia común), las que nos mueven a mantenerlos bajo esa etiqueta tan cara y no siempre bien ganada de “amigos”. Esta aceptación pasará siempre por el convencimiento de que nunca recibiremos tanto como dimos. Pero no importa: eso es “aceptar”.

En el juego, en este maravilloso y terrible juego nuestro en que influye el azar, en este maravilloso y terrible juego nuestro en que la competencia y la amistad se distribuyen, al menos hoy en día, a partes iguales, el azar o la amistad, monedas de dos caras enfrentadas, pueden convertirse en ángeles o demonios. El azar nos llevará a victorias y derrotas imprevisibles si sólo atendiéramos a otros méritos. La amistad nos llevará a tener que aprender a perder y a ganar (algo siempre tan difícil en la competición y en la vida) con un grado de exigencia en ese aprendizaje mucho mayor que si compitiéramos en disciplinas con menor grado de sociabilidad. Aceptar el azar y la amistad es un aprendizaje mucho más complicado que cualquiera de los que se plantean sobre el tablero.

Uno no llega a saber nunca si pondría la mano en el fuego por sí mismo; es condición humana. ¿Qué no sería capaz de hacer en una situación competitiva en que una pequeña ayuda me llevara más lejos, me hiciera más grande, me ofreciera más éxito? Muchos no lo sabemos aún, pero tal vez un día, casi sin quererlo (condición humana), encontraríamos la respuesta a esta pregunta escondida detrás de una pequeña tentación. Tal vez ninguno de nosotros estemos libres de la tentación.

La tentación es un error. Error humano, condición humana. Pero cuando haces trampas, puedo verte. Y si he podido verte yo, y ayer aquél, y mañana el otro, significa que has hecho de la tentación excusa y de la trampa un modo de vida. Pareces haber llegado más lejos, se te ve más grande, has hecho amistad con el éxito. Pero jamás sabrás quiénes o cuántos de todos ésos que, a pesar de todo, aceptan considerarse tus amigos, conocen tu secreto. Estás más cerca de lo que crees (a sólo un tablero de distancia, allí donde la vista y la discreción de tu oponente son capaces de tocarte), eres más pequeño de lo que sabes y tu éxito vive sólo en un frío estante. Pactaste contigo mismo mantener un secreto, un secreto en beneficio del resultado, de tu resultado. Hoy tu secreto ha dejado de serlo y, peor aún, es para ti secreto cuántos lo descubrieron.

Ayer te volví a ver escrutando la bolsa furtivamente. Amigo mío, cuando quieras, cuando tú decidas, seremos más amigos aún. Dependerás mucho más del maldito azar que nos depara el juego. Ya no serás tan grande. Será difícil acostumbrarse a eso. Acabaremos el juego, nos felicitaremos como siempre y todo será igual, o parecerá igual que siempre. Pero habrá algo, especialmente algo que habrá cambiado. Murmullos, rumores, dejarán de perseguirte como sombra que, por más que te volvías, jamás conseguiste ver. Volverás a saber de nuevo que no te engañas. Y AMISTAD será, de nuevo, mucho más que una palabra de siete letras con bonificación de 50 puntos.

¡Suerte, amigo!

jueves, 7 de junio de 2012

Antología twistera (3): ¿En qué queremos convertir a nuestro querido juego?

Siempre he dicho que somos meros aficionados de esto. Al campeón del mundo de nuestros días le da el premio para costearse el pasaje, la estadía y los disgustos que la bolsa le haya podido dar a lo largo de su vida. Y gracias. Otras generaciones quizás puedan llegar a permitirse tener a unos pocos elegidos viviendo de esto, tal vez lleguen a ver a unas pocas decenas de miles de niños practicando como parte del programa escolar. Tal vez algunos milagros más puedan llegar, pero, como mucho, a lo más que podremos aspirar en esta generación es a soñar con algo así y con la reencarnación.

Eso si no nos lo cargamos antes. Y de verdad que, si hubiera suculentas bolsas en juego, lo podría llegar a entender, pero en estos niveles en que nos movemos me llena de tristeza ver cómo cada día mi amado juego se ensombrece un poco más. Es innegable que la camaradería sigue siendo muy buena y cada vez más amplia y con menos fronteras. Pero me temo que es precisamente ese ambiente de buen rollo y colegueo el que nos impide ver que hay fruta que se pudre en este cesto. Porque, cada vez que pasamos mirando hacia otro lado ante ciertas actitudes que no nos gustan, no pasaría nada si éstas quedaran en anecdóticos casos aislados, pero, desfortunadamente, o me vuelvo muy pesimista con la edad, o este retoño pronto necesitará una poda.

Miradas furtivas a la bolsa con precisa extracción de comodines; maltratos al reloj o a las fichas porque probablemente ellos y no nosotros hayan de ser culpables de nuestra suerte; cus devueltas al saco en un despiste de nuestro oponente; artimañas varias para su confusión en el recuento de fichas, de puntos, de tiempo; ganadores de todo encantados de haberse conocido en cuyos comentarios su oponente siempre acaba siendo el pobre necio... Juguemos a Scrabble, entre amigos, nos divertiremos... Pero a la que pueda te piso.

¿Sinceramente es éste el juego que queremos? ¿Estamos sembrando para el futuro del juego o para alimentar nuestros egos miserables, sea cual sea el precio de la gloria? Quiero ganar la partida tanto como tú, más si es posible. Pero sólo porque acepto la sana y tácita competencia, en la que uno debe ganar y otro perder, porque ganar me hace mejor que yo mismo, me permite superarme, disfrutar más, ver más allá, anticiparme, desarrollarme, crecer. Pero si, aun en el fondo oscuro de mi soledad, en el más recóndito de mis rincones, en el que nadie puede leer mi pensamiento, me siento hacerme un poco más chiquito por dentro, mi ego y mi elo sólo se alimentan de la enorme mentira que habita en mí y el crecimiento es sólo un espejismo en un desierto que nadie transitará.

Si cada historia, cada relación humana, cada civilización o la humanidad misma son capaces de irse a la mierda en un soplido, en una ínfima parte de lo que costara levantar todo lo bello y lo valioso, ¿aún no estamos seguros de ser capaces de hacer lo mismo con nuestro querido juego?

¿Son banales entonces estas palabras? ¿No servirá de nada entonces un pequeño cambio en cada uno de nosotros? 

El juego nos enseña a combatir los caprichosos designios de la bolsa. La vida, mucho más valiosa y productiva, es capaz de enseñarnos mucho más.

jueves, 17 de mayo de 2012

Toda partida finaliza

Queridos amigos,

Ha sido un placentero orgullo haber estado aquí junto a vosotros estos últimos meses, tratando de ganarme vuestra confianza y complicidad, tratando de llenar algunos breves instantes en vuestras locas vidas de jugones. Espero haberlo conseguido.

Ahora, el XVI Campeonato Mundial de Scrabble en Español nos reclama como un amante implacable, insaciable. La organización de esta fiesta anual de la palabra reclama ya toda nuestra atención y cariño, porque la cita quiere convertirse en hecho memorable, inolvidable. Tenemos una cita con la historia y este pequeño espacio de palabras que ahora se despide por un tiempo debe esperar de nuevo su momento.

En las próximas semanas, querremos recordar las entradas más leídas de este blog en su breve historia. Nos gustaría también que compartierais con nosotros vuestras propias creaciones, para poder así dar algo de continuidad en este silencio que ahora quedará abierto, hasta que podamos regresar con nuevas propuestas.

Este espacio sigue siendo todo vuestro, como éste que suscribe, siempre vuestro.

Parar Gran Taxi Vacío

lunes, 12 de marzo de 2012

Mágico patio de un colegio cualquiera

Éramos felices en aquel patio. Durante ocho años fuimos muy felices allí. 



No era una escuela modélica. Sí lo fue en sus innovadores métodos educativos, convertida en abanderada de la integración escolar de los ochenta, y lo fue de una forma desmesurada, enorme, gracias a la impenitente voluntad y vocación del maravilloso grupo de profesionales que pretendieron, en aquellos años, demostrar que la verdadera educación se situaba mucho más allá de los libros y la pizarra. Y buena parte de culpa de aquella férrea implicación la tenía que el perfil del alumnado no era precisamente el de una escuela modélica. Algunas decenas de historias familiares eran realmente estremecedoras. Otras, la que más y la que menos, sin llegar a tanto, hacían también sus pinitos rayando lo indecente, lo doloroso o, en general, lo reprochable o lo admirable, según se viera. Fuimos felices en aquella escuela y muy felices en las miles de horas pasadas en aquel patio.



En los inviernos, con el frío y la lluvia, los cinco porches que daban a las clases bajas se atestaban de niños improvisando juegos que pudieran jugarse en reducido espacio, los pasillos se llenaban de serrín y los maestros se saturaban de adicionales preocupaciones tratando de controlar a aquella marabunta que, cuando los porches colgaban el cartel de "no hay billetes", jugaba y gamberreaba en pasillos, escaleras, baños y aulas.

El verano y los amables y benévolos primavera y otoño de un colegio sureño, con su privilegiado clima, eran la excusa perfecta para disfrutar nueve meses al año de la magia de un patio de un colegio cualquiera, en una infancia cualquiera que con sencillos juegos nos lo daba todo. Eran otros tiempos y era probablemente mucho más fácil ser feliz.

En la fuente de agua, construida en forma de enorme pilón, con dos filas de grifos dispuestas a ambos lados de un muro de ladrillo rojo, se amontonaban los chiquillos para calmar la sed de tanto juego. Era junto a una explanada de cemento ubicada ante los despachos, y justo bajo una enorme y fresca morera blanca que hacía nuestras delicias, porque daba cobijo a los gusanos de seda que todos criábamos en cajas de zapatos y en primavera daba la mora blanca que, en cuanto comenzaba a rosear, era la fresca golosina de la que nos atiborrábamos después de la comida, antes de las clases de la tarde.


En el pie de la fuente nacía el largo camino de cemento que llevaba a la entrada de vehículos, sobre el que inventábamos juegos basados en distintas modalidades de carrera. A la derecha del camino, entre éste y la valla, una bóveda de plátanos de sombra, con sus curiosos frutos, eran el paraje idóneo, por su frescura, para tomar resuello entre carreras y otros juegos, o para jugar a la trompa o a las canicas, porque era uno de los pocos sitios de aquel enorme patio que quedaba libre de piedras, con un suelo arcilloso muy compactado, ideal para fabricar el hoyo o dibujar el círculo que eran como las casas de bolas y peonzas.


Frente a los porches, al otro lado del camino y rodeada de una generosa superficie empedrada, la vieja pista  deportiva era la preferida, porque por su tamaño daba para que decenas de chavales entrecruzaran juegos, balones de futbito y baloncesto con combas, elásticos, peonzas, cromos... todo cabía en ella. Al final de la pista, los vestuarios y tras éstos la casa del conserje, el señor del silbato, el marido y el padre de las cocineras, el hombre que, en las horas del mediodía, te servía gominolas, dulces y polos desde el otro lado de su ventana, para saciar de azúcar aquellos sucios estómagos, dejar rojas, verdes o azules aquellas tiernas lenguas y tirar por tierra toda la educación alimenticia que el colegio trataba de impartir. Aquel pequeño ventanuco que daba a una vivienda que era un quiosco era como una puerta al paraíso.




Frente a la casa, a una buena distancia de ésta y cercano a comedor y biblioteca, había un pequeño huerto que el profesor de música había levantado con sus propias manos y que servía además de actividad complementaria, para desespero del hombre y útil formación de aquellos críos. Más allá de los lindes de aquel huerto estaba el patio nuevo, un terreno probablemente adquirido por el colegio poco antes del ingreso en el mismo de aquella generación de privilegiados de la cual yo formaba parte. Porque aquel vasto, árido y empinado terreno fue, en el tiempo en el que poco a poco se fue llenando de nuevas instalaciones, un planeta distinto, otra atmósfera en la que improvisar mil juegos de otro tipo o inventar perrerías con pobres saltamontes y escarabajos, mártires de la causa en nuestras primeras lecciones de anatomía autodidacta.




Sin embargo, lo más maravilloso de aquel mágico patio no existía todavía, porque habría de nacer de nuestras manos y formar parte de nuestras propias vidas, recordando el paso de aquella generación por esa escuela. Debió ser en segundo o en tercero cuando, para dar algo de vida a aquel terreno yermo, plantamos unos pinos, aún retoños, junto a la valla que daba a aquella solitaria carretera periférica. A lo largo de los años, aquellos pinos nos decían, a menudo sin escucharlo nosotros, que crecíamos y que algún día abandonaríamos aquella escuela y aquel patio, y que ellos seguirían añadiendo anillos a su tronco, mientras nosotros seguiríamos construyendo, con mayor o menor fortuna, nuestras vidas. Aquellos pinos simbolizan todo lo que cada uno de los integrantes de aquella privilegiada generación fuimos, dejamos en ese patio y aún hoy seguimos siendo en esta vida.


Más allá de esos pinos quedaba la nueva pista deportiva y, a la izquierda, el parvulario que, en el transcurso de algunos años, se fue construyendo para terminar acogiendo a otros que, como nosotros, espero, habrán sido felices en aquel patio, esta vez desde su más tierna infancia. Al otro lado de la última valla no había nada. Un terreno desértico que llevaba a un pequeño cabezo, alguna vez visitado en alguna excursión, que era como la nada y fuera tal vez el futuro no escrito de cada uno de nosotros, más allá de aquella época inolvidable.





Los pinos siguen sumando anillos y hoy, irrumpiendo en la cotidianeidad de quien ahora escribe estas líneas con lágrimas en los ojos, el Scrabble se transforma en aquel mágico patio de un colegio cualquiera, en el que poder jugar a ser feliz como un niño. Eso es todo lo que me dio aquel patio y eso es todo lo que me da este juego. En esos momentos, más allá de la valla que los delimita no hay nada.

Parar Gran Taxi Vacío

Con el mayor de mis agradecimientos al CEIP La Asomada y al extraordinario equipo humano que compartió conmigo aquellos años.

Cosas que nunca te dije

Todas las palabras en negrita son, a día de hoy (marzo de 2012) inexistentes en el DRAE y, por tanto, inválidas para el juego del Scrabble, así como muchas otras de uso igualmente común.

Advertencia: las palabras contenidas en este texto pueden herir el léxico del escrablista.

Ningún animal ha sido maltratado en esta composición.


Por miles de años había jugado al go,
juego que me llenó por estratégico,
pero algo en él, se ve, no me colmó:
iba manco de léxico.

Por eso es que al Scrabble me pasé
(era también numérico):
eso de anagramar, qué quiere usted,
me parecía épico.

Pasé de usar el anagramador
(no lo veía ético)
para sacar del juego lo mejor
(el álgebra de lo poético).

Miles de nónuples o nónuplos cacé
en mil conflictos bélicos,
como escrablista pleno de brío y fe,
enérgico, frenético.

Pero algo había que no me llenaba
(faltaba sexo tántrico),
no se yo qué sería, me asfixiaba
en un vértigo asmático.

Hallé por fin respuesta a mi dolencia
(aquí seré sintético):
mi amado juego, ved qué inconsistencia,
hacía oídos sordos a un montón de léxico.

Así, pensé en saltar de disciplina
(quizá algo más atlético),
pero me vi en orsay y sin medicina
(escéptico, colérico).

Le pregunté a una chica, que era arquera
en un equipo ibérico,
cómo podía vivir en la miseria
de no tener siquiera un nombre auténtico.

Me explicó que logró curar su mal
con la fisioterapia de un soviético
que, venga a masajear y masajear,
logró quitarle aquel pesar endémico.

Probé también el arte de encestar
(ya veis si soy intrépido),
pero pronto entendí, al rebotear,
que así no hallaría el éxito.

¡Qué yuyu! ¡Era flipante! ¡Vaya truño!
¡No podía dar crédito!
Desnudo me sentía (o en gayumbos)
en un desierto gélido.

¡Que chuminoso soy!, diréis algunos
(como un julai panléxico),
presto a chafardear, como un marujo,
en las miserias de este baúl babélico.

Yo correría a gorrazos al fallón
que dejó tanto hueco enciclopédico,
debía estar el pillín de subidón
(eso, o agarró un cagarro hipoglucémico)

Vagué por arroyuelos y placetas,
quizás deseando haber sido disléxico
(y no plantearme así si piruleta
era un dulce, o un amargo error misérrimo).

Busqué consuelo en puticlubs oscuros,
en barrios de corralas esperpénticos,
y todos fueron para mi alma zulo,
vil presidio alfabético.

Decidí darme entonces a las birras,
pero no conseguí el efecto amnésico.
Chupachups, gominolas, ¡vaya birria!,
tampoco me sirvieron de analgésico.

Pero héte aquí que estaba ahora enganchado
a una ruin tupitaina con estrépito.
Llegué a comer brócolis caducados,
creo que hasta hálibuts descompuestos, fétidos.

Llené carritos de la compra enteros
de rúcula especiada, hasta de séquitos
de huevos que no habrían de ser polluelos,
pues en mi panza acabarían, angélicos.

Llené mi frigo, me hice gran paellero,
entre caldos hirvientes me hice técnico
en pochar, emplatar, lonchear y creo
que hasta en uperizar me hice modélico.

Nada en esta embriaguez alimentaria
me consiguió evadir del que era auténtico
germen de esas penurias y desgracias
lexicales a las que era alérgico.

Buscaron en mi córtex cerebral
la raíz de mi problema (¿sería médico?).
Nada. Tampoco el mal era hormonal
(mis feromonas, bien)... ¿Problema pélvico?

Busqué en el internet sin resultados
(dicho mejor, con resultado pésimo):
sólo hallé tutoriales encriptados
y un chat de rollo lésbico.

Me llamó la atención, eso sí, el logo
de un garito de chismes esotéricos.
No compré (no creáis que soy tan bobo),
pero me ploteé aquel logo étnico.

Con mis fuerzas así ya fallecidas,
con mi ánimo famélico, decrépito,
con mi fe ya encallada y abducida
por la idea de un fin tétrico,

surgidos de la nada, revivieron
mi alma unos pensamientos energéticos:
¿por qué demonizar a los que hicieron
del lexicón un ente cojo, anémico?

¿Adónde reubicar tantas lagunas?
¿A qué buscar un léxico modélico?
¿Cómo recolocarlas, de una en una,
tantas cosas no dichas? ¿Dónde el mérito?

Entonces mi pesar se hizo pequeño,
poco a poco se fue mi miedo escénico.
Lo celebré fumando un caliqueño
olvidando que eso, hoy, ya no es estético.

Parar Gran Taxi Vacío

Agradecimientos: a mis compañeros de la AJS

viernes, 9 de marzo de 2012

Manual de Scrabble para ajenos curiosos

El juego que yo amo no es para empollones
(por el que tú preguntas es el de los peones).
No te hará falta ser ratón de biblioteca
para ver que zapato lo has de escribir con zeta.

(No, amigo mío, el Scrabble
no se juega con raqueta).

No es sólo un juego para los de humanidades
(que se puntúa y calcula son dos buenas verdades).
Por mucho que las letras te pirren, no eres bueno
si no le paras ojo a los bonus del terreno.

(No, amigo mío, Scrabble
no es una peli de estreno).

¿Quién te ha dicho que éste es un juego aburrido?
(la Q es como un penalty en el último suspiro).
¿Quién te ha dicho que en este juego no se disfruta?
(me tangaron con un desus., un hideputa).

(No, amigo mío, el Scrabble
no es larva de la fruta).

El juego que te digo esconde el mundo entero
(y te hace, por ejemplo, un reporte el portero),
el verbo es un conejo dentro de una chistera
(hasta podrás, si quieres, potrear a la portera).

(Amigo mío, el Scrabble,
te lo juro, ¡es la pera!).

jueves, 8 de marzo de 2012

Mujer

Tú, que eres como atril en el que algunas
letras (en mágico y dulce abracadabra)
se amalgaman y enredan en palabra,
tú, que eres en ti misma raíz y cuna.

Tú, que, como una bolsa hecha de luna,
de milagro y misterio vives llena,
dueña de la alegría y de la pena
(dos caras que se oponen y son una).

Tú, que (como tablero que se abra
en mil senderos) eres como arena
forjando las mil caras de una duna.

Tú, que (como reloj que el tiempo labra)
has escrito la historia de mis venas.
Tú, como todas. Tú, como ninguna...

Feliz día internacional de la mujer.

Parar Gran Taxi Vacío

martes, 6 de marzo de 2012

¿En qué queremos convertir a nuestro querido juego?

Siempre he dicho que somos meros aficionados de esto. Al campeón del mundo de nuestros días le da el premio para costearse el pasaje, la estadía y los disgustos que la bolsa le haya podido dar a lo largo de su vida. Y gracias. Otras generaciones quizás puedan llegar a permitirse tener a unos pocos elegidos viviendo de esto, tal vez lleguen a ver a unas pocas decenas de miles de niños practicando como parte del programa escolar. Tal vez algunos milagros más puedan llegar, pero, como mucho, a lo más que podremos aspirar en esta generación es a soñar con algo así y con la reencarnación.

Eso si no nos lo cargamos antes. Y de verdad que, si hubiera suculentas bolsas en juego, lo podría llegar a entender, pero en estos niveles en que nos movemos me llena de tristeza ver cómo cada día mi amado juego se ensombrece un poco más. Es innegable que la camaradería sigue siendo muy buena y cada vez más amplia y con menos fronteras. Pero me temo que es precisamente ese ambiente de buen rollo y colegueo el que nos impide ver que hay fruta que se pudre en este cesto. Porque, cada vez que pasamos mirando hacia otro lado ante ciertas actitudes que no nos gustan, no pasaría nada si éstas quedaran en anecdóticos casos aislados, pero, desfortunadamente, o me vuelvo muy pesimista con la edad, o este retoño pronto necesitará una poda.

Miradas furtivas a la bolsa con precisa extracción de comodines; maltratos al reloj o a las fichas porque probablemente ellos y no nosotros hayan de ser culpables de nuestra suerte; cus devueltas al saco en un despiste de nuestro oponente; artimañas varias para su confusión en el recuento de fichas, de puntos, de tiempo; ganadores de todo encantados de haberse conocido en cuyos comentarios su oponente siempre acaba siendo el pobre necio... Juguemos a Scrabble, entre amigos, nos divertiremos... Pero a la que pueda te piso.

¿Sinceramente es éste el juego que queremos? ¿Estamos sembrando para el futuro del juego o para alimentar nuestros egos miserables, sea cual sea el precio de la gloria? Quiero ganar la partida tanto como tú, más si es posible. Pero sólo porque acepto la sana y tácita competencia, en la que uno debe ganar y otro perder, porque ganar me hace mejor que yo mismo, me permite superarme, disfrutar más, ver más allá, anticiparme, desarrollarme, crecer. Pero si, aun en el fondo oscuro de mi soledad, en el más recóndito de mis rincones, en el que nadie puede leer mi pensamiento, me siento hacerme un poco más chiquito por dentro, mi ego y mi elo sólo se alimentan de la enorme mentira que habita en mí y el crecimiento es sólo un espejismo en un desierto que nadie transitará.

Si cada historia, cada relación humana, cada civilización o la humanidad misma son capaces de irse a la mierda en un soplido, en una ínfima parte de lo que costara levantar todo lo bello y lo valioso, ¿aún no estamos seguros de ser capaces de hacer lo mismo con nuestro querido juego?

¿Son banales entonces estas palabras? ¿No servirá de nada entonces un pequeño cambio en cada uno de nosotros? 

El juego nos enseña a combatir los caprichosos designios de la bolsa. La vida, mucho más valiosa y productiva, es capaz de enseñarnos mucho más.

Parar Gran Taxi Vacío

miércoles, 15 de febrero de 2012

Miss S

Mi mano se desliza bajo tu falda oscura
(promesa de finales en rincones recónditos,
de confesiones mudas,
de sudores, silencios y palabras sagradas
y palabras profanas
y palabras de piel
y otras aún no inventadas).

Palpando tus esencias intuyo tu secreto:
un futuro cercano que conjuga imperfecto,
(o un futuro pretérito,
como el hijo ilegítimo de algún pasado incierto),
incertidumbre en todo lo que soplan tus vientos,
lo que arrastra tu sangre, lo que exhala tu celo.

Tus efluvios y jugos amalgaman en uno
tu cuerpo con mi cuerpo.
Éxtasis de lujuria que se transmuta en siembra,
permutando en sagrado este instante blasfemo
(persigno mi pecado, me postro, te venero,
te deifico... suspiras).

De la siembra germinan las semillas fantásticas
(también otras satánicas,
contrechas, repudiadas, estúpidas y cínicas).
De la simiente estalla el mundo todo en versos
(castizos y gallardos como insulsos y necios).
De tu vientre me nace la locura infinita,
la que nunca termina, la que engendra un deseo
que se retroalimenta, que bebe sus entrañas
para seguir naciendo.

Y mi mano,
bajo tu falda oscura, se desliza de nuevo...

Parar Gran Taxi Vacío

jueves, 2 de febrero de 2012

Ficha 101

La bolsa es el misterio,
la suerte, el hado, el sino
caprichoso. Regalo
o piedra en el camino.

El atril, la cocina
del verbo, de la magia,
el fogón del puchero
que cuece la palabra.

El tablero, la imagen
de nuestras ilusiones,
un campo de batalla,
un nudo de ecuaciones.

Y atril, tablero y alma,
de vida me ha pintado
un juguetón espíritu
que se escapó del saco.

Parar Gran Taxi Vacío

sábado, 31 de diciembre de 2011

Tops 2011

Queridos amigos,

Estamos a punto de recibir a este 2012 que esperamos cumpla todos nuestros mejores deseos y queremos compartir con vosotros las cinco entradas más leídas de este 2011.

¡¡¡Muy feliz Año Nuevo!!!

Entrada El amigo tramposo

Entrada El último estante

Entrada Los monstruos del pasillo

Entrada La Q

Entrada Ideogramas, Crisis y Scrabble

domingo, 25 de diciembre de 2011

Habitación 510

En la habitación 510
la dama blanca juega al ajedrez
y en ese breve instante en nuestras vidas
sale de enroque el Rey.

Se confunde el tequila y el vino leonés,
quizás el poncho y el abrigo de piel
y vemos que la vida es verdad confundida:
a veces del derecho, a veces del revés.

En la habitación 510
no hay dama negra, no hay peón de rey.
Son dos granos de trigo un tiempo detenido
multiplicándose por no se sabe qué.

La noche es hurmienta, no hay enemigo francés,
ni escalador azteca trabando nuestros pies.
Sólo una noche fría y solitaria
y espacio para cuatro donde cabían tres.

En la habitación 510
se encuentran el 70 y el 76
y nada es tan normal ni tan extraño
como parecía que podía parecer.

Se acaba el juego, la amistad, el placer,
el sueño es secuestrado por el amanecer,
de nuevo ruedan, como cada lunes,
las vidas que nos ha tocado hacer.

En la habitación 510
vamos con todo por una Jota-Diez.
Quizás mañana sabremos dónde nos llevaba,
amigo, esa tal vez soñada cinco diez.

Parar Gran Taxi Vacío

domingo, 4 de diciembre de 2011

Siete letras

Medrosa me das amor,
ardemos...
me desarmo.

Sorda me rodeas,
demoras,
me moderas,
me domas.

Me das más de dos mares merados,
dos maderos:
desamor.

Por cortesía de ALFREDO HURTADO

viernes, 18 de noviembre de 2011

Los monstruos del pasillo


Los monstruos del pasillo
se han comido las letras
de los sueños oscuros.
La U ya no es lazarillo
de una vieja que a sustos la emprendía
con los gatos y la chiquillería.

Los monstruos del pasillo
se han comido los miedos
a todos los armarios abiertos,
por donde entraban, con muy mala baba
algunos nónuples y espíritus aviesos.

Los monstruos del pasillo
ya no mastican luces
en tus sueños.
Festín de gominolas se están dando:
tragan todas las letras feas del saco
y el “hombre del” no halló así complemento
del nombre con el que meter miedo.

Los monstruos del pasillo
ya se han comido todas
las palabras erróneas,
y zamarrazos que eran como castigos
a golpe de correa, como domingos
encerrado en el cuarto, sin calle ni cena.

Los monstruos del pasillo
no pueblan las esquinas
de sueños de desamor.
Son el mariache loco
de una cama de sueños
en tecnicolor.

Parar Gran Taxi Vacío

martes, 15 de noviembre de 2011

Sí, puede ser

-Utilizas un programa. Nadie juega tan bien -dijo éste.
-No puede ser que tengas tanta suerte -dijo el otro.
Y muchas otras cosas dijeron muchos más. Y quedaron sentados, diciendo y diciendo.

Entretanto, mancharon muchos nombres.
Entretanto, muchos otros miraban, veían, escuchaban, imitaban, aprendían y crecían.
Entretanto, el juego siguió regalando vida y sueños. Quienes quisieron, los alcanzaron.

Sí, puede ser.

Parar Gran Taxi Vacío

jueves, 10 de noviembre de 2011

Cuando...

Cuando muera la magia que habitaba mis dedos,
que con ellos me entierren
y en los dedos de otros me la dejen viviendo.

Cuando ya no conjugue más que un tiempo pretérito,
que, encarnándome en otros,
me dejen conjugarme en futuro perfecto.

Cuando el alma que extraje de ese tablero yermo
se diluya ese día,
que reanimen su cuerpo,
insuflándole el aire que expiró mi silencio.

Cuando acabe la vida que se esconde en el sueño,
cuando quede la bolsa vacía,
que de nuevo florezca sobre otros tableros.

Cuando muera la magia,
cuando mágicamente se construya de nuevo,
allí donde dejamos la partida nosotros,
la continuarán ellos.

Parar Gran Taxi Vacío

jueves, 3 de noviembre de 2011

El último estante

Era extraño lugar aquél, de extrañas gentes. Un país sin nombre ni frontera pero tan distinto a todos los demás, incluso al más limítrofe (si esta expresión fuera válida para el aledaño a un país sin fronteras), con gente tan distinta también, no en apariencia (pues ésta engaña tanto que, a menudo, puede ocultar incluso lo contrario de lo que apunta), sino en un nosesabequé que tenía mucho que ver con la óptica (aunque muy poco con lentes u optometría). Todo allí se veía desde una perspectiva anormalmente ajena, con una lógica aplastantemente ilógica (siempre desde los cánones que nos marca, por supuesto, lo conocido, lo cercano, lo propio).

Entré en aquel colmado, ahora ya no recuerdo exactamente a qué. Quería comprar algo, pero debió ser probablemente el cartel de la entrada al comercio (que se limitaba a una enorme "C" pintada a brochazo rojo sobre el cristal de la ventana de acceso, desde la que inferí que se trataba de un colmado) el que me indujo, debido al enorme esfuerzo de inferencia y hasta adivinación realizado, a olvidar el motivo de mi visita, el objeto de mi compra.

Tras el mostrador, con esa mirada de aire indolente tan común en las gentes de aquellas tierras, y como enmarcada por una enorme fila de anaqueles en los que ninguna etiqueta identificativa contenía otra cosa que iniciales, me esperaba la dependienta (o, tal vez, la "D", quien parecía detenida en el tiempo esperando el momento en que yo entrara en el negocio, aún no se sabía a qué). No supe qué decir. La parquedad verbal , que ya comenzaba a penetrar mis huesos a esas alturas de mi estancia allí, empezaba a dejar de extrañarme. Así que, por un momento, sentí que tal vez no se trataba de no saber qué decir, sino de no tener qué decir o, simplemente, de no querer qué decir. La dependienta pestañeó. Creo que fue la primera vez que lo hizo desde que entré en la tienda, hacía ya minutos (o tal vez fueron años, o quizás siglos), y su pestañeo sonó como el del segundero de un reloj y el sonido se mantuvo reverberando entre los anaqueles por no se sabe cuánto. Como había olvidado el motivo de mi visita, comencé a ojear los estantes, por ver si de ese modo conseguía sacudir de mi piel ese tedio de efecto narcótico en que se convertía el tiempo en este lugar. "Sus habitantes deben tener un mundo interior muy divertido", pensé; "si no, no se entiende". No sé cuánto tiempo estuve escrutando estantes, pero sé que no sufría porque la dependienta fuera a pedirme premura.

Sin dar con el objeto de mi compra (o al menos con un indicio de cuál pudiera ser), llamó poderosamente mi atención el hecho de que todo el muro tras el mostrador era un corrido de tres anaqueles que parecía no tener fin, ni a uno ni a otro lado. ¡Cómo habrían hecho para conseguir meter aquella tienda infinita en el alma de una fachada tan pequeña! Y, lo que me pareció más fascinante aún: ¡cómo se habrían organizado para acometer tamaña gesta (sin duda no fue labor de una sola persona) con la absoluta falta de comunicación reinante allí! Todo en aquél incomprensible país era, más allá de sorprendentemente tedioso, sencillamente sorprendente. En los estantes infinitos, acerté al menos a encontrar un patrón lógico que respondió a las premisas de mi propia lógica (la común, la normal, la de los habitantes de todos los países con frontera y nombre), sin llamar de ella su atención (quizás por eso la llamó más aún): en el estante inferior, todos los objetos a la venta estaban identificados con una etiqueta con dos letras, la primera (que probablemente se refería al nombre de cada artículo) era variable, mientras que la segunda era siempre una "P"; en el estante intermedio podían encontrarse exactamente los mismos artículos, correctamente alineados respecto a sus iguales en la fila inferior, pero con un tamaño proporcional y considerablemente superior, estando todos identifcados de igual forma que antes, pero, donde en las etiquetas de la fila inferior había una "P", había ahora una "M"; en el tercer estante, completamente vacío de género, sólo había etiquetas, perfectamente alineadas respecto a las de los estantes inferiores, pero rezando únicamente, todas y cada una de ellas, "G". Al fin una lógica aplastante en aquel maldito lugar perdido en el espacio, en el tiempo, en el habla: ¡un estante para cada talla!

Me quise apresurar a preguntar a la dependienta (en tanto que no daba con el objeto de mi compra y que en ese tedioso paréntesis de mi vida no encontraba mejor quehacer en ese momento) por qué no disponía de un solo artículo de talla grande. Salvé mi tentación, ya que pensé que, si en aquel lugar me apresuraba a hacer algo (más aún, si me apresuraba a verbalizar), quizás eones más tarde vendría a la carrera un guardia a confinarme para la eternidad en una prisión con muros hechos de eco y encadenado a un reloj de pulsera, así que no quise tentar a mi suerte. Esperé al siguiente parpadeo de la tendera, como dándole tiempo a coger aire para poder asimilar mis próximas palabras. La reverberación del parpadeo se hizo esta vez insostenible en mis más profundas fibras de percepción temporal (si es que lo que en nosotros controla ésta son aquéllas). Y, como dirigiéndome a un extranjero que nos pregunta, en algo que se supone que es nuestro idioma, por una dirección, mastiqué aire y tiempo en cada una de mis sílabas, para decir (no sin antes pensar que la respuesta podría llegar a ser estrafalariamente extraña): "¿Qué-ha-o-cu-rri-do-con-los-ar-tí-cu-los-gran-des?". ¡Ojalá jamás hubiera pronunciado esa ristra de sílabas!

Los mismos ojos que antes habían demostrado un par de veces poder hacer lo mismo que otros ojos normales (parpadear en lo que dura un parpadeo, al ritmo de los habitantes de países sin nombre o linde, eso sí), me infundieron el terror más infinito que haya atravesado jamás todas mis fibras. Se abrieron asustados, como desplegando toda el alma de la persona ante mí parada, como destapando la caja de miedos que su ser era en ese momento, como a punto de proferir munchiano grito, como al borde de estallar en un big bang que contuviera toda la inmensa cantidad de energía contenida (por desusada) en las almas de todos los habitantes de esa tierra. En instintivo gesto que duró, probablemente, al menos, varios lustros, encorvé y giré a un lado mi figura, cruzando ambos brazos ante mi rostro, como disponiéndome a absorber la energía de un millón de bombas nucleares y de la metralla de todas las guerras y batallas libradas en nombre de no se sabe qué o quién, en nuestro lógico mundo de países con fronteras, nombres y cicatrices.

No hubo explosión, relámpagos o víctimas. No hubo sangre ni monumento a los caídos. No hubo documento gráfico, ni huellas en el suelo, ni marca en la memoria, ni un bardo lo inmortalizó en su lira. Simplemente ocurrió. La persona que allí hubo ante mí (si alguna vez la hubo) implosionó esfumándose tras una breve, brevísima nube de humo con forma de coliflor, tras un sonido que podría parecer pretender ser el de una implosión, pero que sólo consiguió sonar como el de una inicial, quizá una "I".

Una vez conseguí calmarme (lo que no sé si sucedió en algún momento contenido en aquella inolvidable experiencia o sucedió mañana), simplemente di media vuelta y marché por la misma ventana por la que entré, desandando el mismo polvoriento camino que anduve, queriendo atravesar la misma frontera que nunca atravesé, hasta llegar a hoy, a aquí y a ahora, donde las cosas tienen nombre, límite e impronta.

Jamás sabré qué ocurrió, ni si la suerte que la dependienta corrió constituyó hecho trágico, maravilloso o tal vez habitual. Jamás sabré cuánto, ni cuándo, ni dónde estuve, ni si sabría volver, ni si querría, ni si estuve. Jamás sabré que no había respuesta a mi pregunta, porque no había un estante para las cosas grandes. Jamás sabré que en aquel país (quizás sólo en aquella región, quizás sólo en aquel colmado, quizás sólo en aquellos anaqueles) las etiquetas con la marca "P" podían interpretarse como "P", aquéllas con la marca "M" podían interpretarse como "M" y, evidentemente, en el tercer estante, el de la "G", se agradecía al cliente su visita. Jamás sabré que lo que no está planificado, lo incontenible, lo impensable, lo imposible, no tiene ni tendría jamás cabida, ni sabré que, de darse, sólo de proponerse, produciría el fin, terrible fin como en una hecatombe nuclear, de todo lo conocido, lo probable, lo tangible, lo cercano, lo propio. Jamás sabré tampoco que un extranjero puede venir un día a romper esa paz de nuestro tedioso mundo conocido.

Parar Gran Taxi Vacío.

domingo, 16 de octubre de 2011

Un sábado en el Torneo Nacional de Scrabble

Tengo una borrosa idea de cómo llegué hasta aquí. Creo que todo empezó en algún recodo de mi vida adolescente, de esos donde se reúne la familia durante toda una extraña tarde en que no había otra cosa que hacer. Para las opciones de ciudades, que en esa época hacían una larga lista en mi prontuario, tengo apenas un par…debe ser por lo de las quermés para parientes y uno que otro amigo, que venía del extranjero, excepcional además porque también sabía jugar Scrabble. Entonces, concluyo en voz alta que este encuentro debe haber ocurrido en la Cumaná de finales de los setenta.

Ahora que mis recuerdos se van aclarando, había dos jóvenes mujeres que se alternaban en sus visitas a casa, que jugaban muy bien, siempre por encima de los cuatrocientos puntos, por lo que  con mi débil repertorio lingüístico, la mayoría de las veces salía, como dicen por allá, con las tablas en la cabeza. Se trataba de tía Alicia, y de Lina, una de varias comadres, nombre con el que mi madre acostumbraba bautizar a sus amigas mas queridas.

Como todo participante de cualquier juego para dos, y más en uno en que el ganador no se considera más fuerte sino más inteligente, nunca faltaba el abrazo cariñoso con beso incluido para el atrevido sobrinito que aceptó divertir un rato a la tía y esa mueca de “te gané otra vez” que acompaña al famoso apretón de manos hasta el día de hoy.

Tal parece que todas aquellas virtudes que se asoman como una promesa en ese instante, y que luego cuando somos adultos se denominan talentos, son cosas de temprana edad a las que luego vamos nutriendo de mañas por el camino.

Así pasó el tiempo, y de cuando en cuando sacábamos la empolvada caja, para sentarnos a pensar y jugar, jugar y pensar y pasar ese tiempo interminable del destierro, que de tanto esperar que termine se te hace otra vida, absoluta y brutalmente real.
                       
Muchos años después de instalado en los andes venezolanos, recibí una invitación a conocer un grupo de personas que se reunían con el mismo expreso fin que nosotros, pero ya a divertirse y sin pensar en los resultados, al menos eso creía.
                       
Llamé muy entusiasmado a mis amigos de andanzas, Ismael, con quién habíamos retomado este vicio algo así como un año atrás y Rigo un hombre tan entrado en años como en conocimientos que con semejante escolta sentí que no podría quedar mal parado.
                       
Entré tan relajado a ese lugar y fue tan cálido el recibimiento, que no podía sino derrotar uno a uno a los rivales que me fueron saliendo al paso, Orlando, Alberto y Dora, eran sus nombres, que luego de la presentación de rigor, se miraban incrédulos sin entender lo que les había sucedido frente a  este inexperto. Como todo convidado de piedra que se precie, recorrí todo el sitio, un lugar privilegiado para universitarios en retiro y devoré cuanto se me puso por el medio, acompañado por un buen vino tinto, dado que ese día había un almuerzo en el patio, pero con motivo de la inauguración de otra dependencia.  
                       
Dicen que las interrupciones no son buenas para quien se encuentra en una racha, y esta vez no fue diferente, porque al cabo de un rato me encontraba en plena digestión presentándome con Félix y debo decir que entre el saludo y el apretón final sufrí una despiadada paliza que emergió en los rostros de mis cansadas víctimas como la exquisita venganza con tanto silencio aguardada. De ahí en más, no me quedaba otra cosa que ganar otra partida como fuera y esperar los resultados. La sorpresa es que quedé muy bien ubicado en una lista que incluía al equipo que iba a representar a esta ciudad nada menos que en la capital.
                       
La cosa era con anuncio oficial y apoyado en la modernidad, entre la información que me daban los nuevos amigos más la que encontré en la red, me fui haciendo una idea de lo que sería participar en un torneo nacional.
                       
Llegamos a Caracas después de una muy distendida preparación. Al fin y al cabo nuestras reuniones de entrenamiento con Ismael y Rigo incluían tableros con espacio suficiente alrededor para botellas de vino a la temperatura ideal, delicatessen bávaras variadas coqueteando con el pan francés, cerveza en cascadas y una reserva de Cutty Sark que nos vigilaba atentamente desde la vitrina ante cualquier sospecha o mínimo asomo de sobriedad al terminar la jornada. Para qué hablar del televisor transmitiendo a bajo volumen el partido de fútbol de la noche o el equipo de sonido desde donde las notas de jazz se hacían acompañar por la sutil percusión desplegada al hurgar la bolsa de las letras. Ninguno de los tres diría que se sentía afectado por ese entorno, y con toda lógica sí que nos sentimos perjudicados cuando nos lo arrebataron, y  lamentamos al unísono “a quién se le ocurriría jugar esto en un campeonato”.
                       
El evento tenía lugar en un amplio salón de la Universidad Simón Bolívar, en medio de unos bosques solitarios y de soberbia belleza, un marco totalmente a tono como se vería más adelante.
                       
Inmediatamente llegaron los participantes, había muchos abrazos y risas que contaban de reencuentros, y mucho orden en la instalación. Las mesas con sus tableros en fila nos esperaban y al fondo una suerte de tribunal, con unas computadoras conteniendo a punto de explotar, información sobre los jugadores, el juego, diccionarios, reglas y una lista secreta de las palabras que muy pocos conocían, esas que mandaba a consultar más de algún extraviado frente a un escandalizado campeón.
                       
Y hablando de campeones, había varios, camuflados entre la multitud, mimetizándose con la muchedumbre, pero reconocidos no sin cierta envidia por otros, que cuchicheaban a sus espaldas rogando al cielo que no les tocaran en suerte. Otros espíritus, pero estos alegres y lujuriosos, deambulaban entre nosotros, ya que estábamos nada menos que en la “Casa del Estudiante”, y enseguida ante la escasez de los ingredientes básicos de los sucesos acostumbrados, huían despavoridos como en el cuadro de Münch.
                       
Al grito de ¡empiecen! de Juan L. Barriendos me acomodé en mi silla para jugar mi primera partida oficial como decían unos por ahí, tenso como pocas veces y sin siquiera voltear hacia una mesa con comida que había cerca, menos que me hablaran de vino. Ya en mi única visita al baño noté cómo se me hacía pequeño el mundo. Envalentonado  metí una sudorosa mano en la bolsa pero ésta se me atascó, no sé porqué si se trataba de un juego nada más. En ese momento uno de los observadores conocido como el señor Arellano me dijo con firmeza “las letras se sacan con la bolsa sobre la mesa, a la vista del contendor y sin tener la mano mucho tiempo adentro”, a lo que respondí un tembloroso “gracias ss-señor” y él se alejó con una amable sonrisa diciendo “es la única vez que se lo voy a decir”…gulp! pensé, esto sí es serio, que dirían mis compañeros si pudieran verme…
                       
Como era de suponerse jugué catastróficamente y caí a los pies de Astrid, una delgada chica cuya sonrisa misteriosa mitigó esa sensación de amargo debut. Me levanté a duras penas y al darme cuenta que las pausas entre juego y juego eran cortas, decidí olvidar lo importante que era el asunto y le pedí a una señora que también competía que me tomara una foto con mi próxima rival, Isis, a ver si al menos quedaba encandilada con el flash y eso me permitía tomar alguna ventaja al inicio. Resultado: buena táctica, porque así pude obtener mi primera victoria y me enfilé hasta la mesa donde yacía mi siguiente colega, Rose, quien acababa de perder y lucía  el mismo arrepentimiento mío de unos minutos atrás.
                       
En esta ocasión apliqué, sin estar consciente, el libreto del jugador perdido dentro del reglamento y entre cómo manejar el reloj sin que te estorbe para pensar en tres fáciles lecciones y practicar lo de la bolsa viendo de reojo a un Arellano listo para guillotinarme, se fue una reñida y conversada partida que gané por ¡un punto!, pobre chica, no conocía esa estrategia…y yo menos!
                       
Llegó el intermedio, y con él otro hermano de la vida que venía a alentarme, nada menos que el primer filósofo cumanés que se haya conocido: Marcos Ambríz, hoy devenido en editor de tanto saltar por las teclas de las instituciones culturales de gobierno que se dieron el lujo de subestimar a este brillante oriental. Un feliz encuentro sin duda en el que comentamos a grosso modo como iban las cosas para mí hasta esa hora. De repente un hombre joven se acerca a saludar nada efusivamente a mi amigo, y éste me lo presenta como un viejo conocido: “Marcos Monsalve” . Gracias dije y seguimos hablando sobre donde nos desquitaríamos a la noche con algo de beber, mientras el personaje nos miraba extrañado al oír tantas ligerezas.

Como todo médico, cargo con el pecado de la observación rigurosa a cuestas y fuí incapaz de obviar que este era un individuo enjuto en toda su naturaleza, anímicamente anémico y de un andar que parecía más bien levitar. No sé en que contexto mencionó su edad y pensé de inmediato que se había escapado del propio mausoleo donde reposaba la cámara de hibernación de Walt Disney, más tarde cuando se apartó con displicencia, le dije a Ambríz discreto: “qué tipo tan singular” a lo que contestó, “Mmmfp…bueeeno, qué te puedo decir de alguien que ha sido campeón nacional y mundial de Scrabble…”
                       
Lo que vino después fueron caídas sucesivas a manos de Juan Marro y José Porras y así terminé ese día, hablando con el resto de mis compañeros, que habían tenido suertes disímiles mas no muy alejadas de mi realidad lo que me reconfortó tomando en cuenta que era la primera vez que tenía contendores de tan alto nivel.
                       
La verdad es que las personas que conocí eran en su mayoría amables y extremadamente atentas. Tanto que a la mañana siguiente, más sereno, con todo un día de experiencia a las espaldas, se me acercaron para compartir amena charla y caminar hasta una columna donde todos se agrupaban para ver una lista que informaba sobre los enfrentamientos que venían a continuación. Empecé a buscarme desde arriba y mi nombre no llegaba nunca, habría sido más rápido hacerlo al revés puesto que figuraba bastante abajo en el grupo. Al tope de esa lista había varias columnas y una de ellas decía ego, y los más altos bordeaban los dos mil puntos, en cuanto pude ver claramente leí ,ahora sí, y decía elo. Era muy llamativo que las más altas puntuaciones (se refiere a un coeficiente de algo, rendimiento, que sé yo, pero como todo coeficiente: sospechoso al fin) correspondían a quienes iban comandando las clasificaciones por lo que pensé, esto viene de años y yo buscándome ahí…otros, incluyendo a algunos de los miembros de mi club, tenían ese espacio vacío como yo, es decir ni siquiera teníamos elo.
                       
Salí a respirar aire fresco, que era lo que más había afuera y como buen explorador encontré un auditorio mínimo, completamente solo, en cuyo escenario estaba un piano negro pequeño, ese que los músicos llamamos “cuarto de cola” a secas, y el que figura en todos los sueños del que ame tal instrumento. Al menos en los míos, está en la sala de mi casa, cerca de un ventanal, desde donde mi voz pueda volar con su compañía.

Me senté a tocarlo y estaba tan desafinado como el alma del que decidió abandonarlo a su suerte en ese recinto donde estaba a expensas de humedad, goteras, alimañas y de un frío estremecedor…quién puede cantar así. Este era el otro amigo que me estaba esperando para hacer mas agradable aún la aventura. Y no importaba como sonara, porque la música igual atrae a las personas, es una llamada a un lugar profundo dentro de nosotros…en cuestión de minutos tenía a tres personas sentadas a mi lado escuchando y cantando conmigo, eso es lo que la gente llama magia, pero no hay truco, todo es legítimo.
                       
De nuevo el grito de ¡empiecen! y desperté sentado frente a un hombre algo mayor, imperturbable, silencioso y de mirada melancólica que esperaba resolver con rapidez el careo. “Mucho gusto”  dije intentando distraerle, igual contestó “Arnulfo Llongueras” nada más, como si el sólo hecho de llamarse así debiera entrañar algo, y vaya que entrañaba esa terrible masacre de la que fui objeto. No tenía  tiempo ni de levantarme cuando el sujeto ya me había lanzado otra avalancha de letras, palabras completas, una tras otra, como si las yemas de sus dedos tuvieran ojos y con curso de lectura veloz aprobado…era sacar las fichas, ordenarlas y extenderlas por los cuadros del tablero que se hacían pocos para su sentido de la oportunidad, su fortuna y cómo no hacerlo notar, su sapiencia porque al final quedó entre los mejores.
                       
No me había recuperado todavía al ver que en el listado me había tocado un jugador que iba más abajo que yo en la tabla, y me froté las manos pensando en mi reivindicación, cuando Barriendos tachó la hoja y dijo que había errores y se corregirían así: me tocaba nada menos que con Marcos Monsalve…a esto vine me dije, a jugar con campeones, a buscar roce internacional, claro que sí.
                       
Vamos…en las primeras cinco jugadas, cuatro eran de palabras completas o scrabbles en el argot del caso, y yo tratando de poner alguna que pasara de 30 puntos en medio de un desconcierto total. En eso, el tipo pone los codos sobre la mesa y cruza las manos bajo la barbilla y entra en un trance con una mirada enclavada en el infinito, digna de lo que llamábamos en clase de Neurología  “crisis de ausencia” o pequeño mal epiléptico. Ya estaba pensando en qué administrarle y para evaluar su estado de conciencia le dije: “epa! te toca jugar…” y respondió:” mmm, es que estaba pensando” . Resignado, sabiendo que ya no podría ganar por abandono, seguí haciendo lo que pude, hasta que se me presentó un scrabble con triple tanto, en el horizonte izquierdo de la tabla y puse “rescinde”…me miró por primera vez con simpatía y anotó algo así como 90 puntos en mi cuenta…claro, me iba ganando por una cantidad impublicable.
 Siempre he pensado, con un tinte psicológico claro está, que las palabras que uno pone durante el juego, de algún modo están relacionadas consciente o inconscientemente con nuestros pensamientos más recientes. En este caso nada estaba más claro: yo definitivamente lo que quería era dejar sin efecto esa partida,   pero ya!
                       
Todo terminó en una sonrisa forzada y me estrechó la mano tan enérgico como una pila gastada…de paso confieso que nunca me había dolido tanto un apretón de manos.
                       
Recogí mi elo del piso para sobarme el ego y colgué mi morral del respaldo de la silla a donde no tardaría en llegar el siguiente, o mejor dicho la siguiente porque se trataba de una impecable señora de aspecto europeo, cuyo nombre era Liv, no precisamente de apellido Tyler como lo hubiese deseado a esas alturas, pero con la misma seguridad que cualquier actriz de Hollywood desenfundaría para los efectos.        
                       
Ya íbamos por la mitad de la partida, y me iba ganando por unos 180 puntos…”lo importante es participar”, “quedaste en el corazón de todos”, “hiciste mucho para ser la primera vez”, eran las trilladas frases que se me venían a la mente en medio de otro fracaso inminente. A punto de rendirme, hice dos cambios de letras seguidos que terminaron en sendas palabras completas, lo que disparó las alarmas de esta regia dama de Altamira (“regia” tiene una traducción coloquial venezolana bastante parecida en su sonoridad, la conocen ?... busquen en el DRAE)  que acto seguido empezó a cerrarme todos los caminos. En la última jugada, todavía unos 120 puntos por debajo, acudió a mí fugaz pero preciso, el poeta de mi infancia y de toda mi vida que junto a Vallejo y Pessoa jamás me hubiera traicionado y puso en mis manos juntas una centolla chilena, nerudiana  como todo el Pacífico.

No sé como, pero esas eran las fichas que estaban en mi atril y uno sólo el lugar donde podía poner semejante palabra. Hice esto y como usé todo lo que tenía, el juego terminó y contaron para mí las seis letras que ella tenía…la taquicardia me aturdía, era un final de foto, un gol en el último segundo del partido, un golpe salvador al borde del knockout!  
                       
Liv sacaba las cuentas una y otra vez, a mí no me daba la cabeza para nada más…y mirándome a los ojos de una manera mortífera dijo: “empatamos”… su puño derecho apretujó unas llaves junto al lápiz Mongol número 2 apuntando hacia mi cuello y se levantó iracunda de la mesa sin mediar palabra. Yo sentí lo mismo que si hubiese ganado, tenía ganas de gritar que no era tan mal jugador, mi elo y mi ego bailaban juntos dando vueltas por el salón, y todo era alegría, había encontrado el sentido de estar allí, junto a los buenos.            
                       
Reviví con ese triunfo de tal manera, que regresé motivado un mes más tarde a la ronda final donde se estructuró la clasificación definitiva, se conformó el grupo de representantes de Venezuela para el campeonato mundial, y se entregaron los premios.

Hubo hasta una mención a sottovoce para mi persona por ser el único representante de Mérida en esa jornada (mis amigos no pudieron asistir) y en todo caso por ser el jugador debutante sin elo/ego que llegó más lejos. Conocí otras gentes, hice buenas amistades dentro de un interesante grupo y hasta recibí palmadas en el hombro de parte del señor Arellano y de Barriendos por tan destacada performance.
                       
Lo más importante de todo, fueron las emociones vividas…viajar lejos por causa de un  maravilloso juego casi olvidado de la juventud, de momentos de ocio y entretenimiento familiar, de años perdidos en esperas que dieron frutos demasiado tarde, de amistades eternas rodeando este tablero.
                       
Ya puedo disfrutarlo con calma, aprecio cada vez más estos encuentros y ahora  no dejo de recordarle a los demás que los grandes también juegan.


Ésta es una historia real, los nombres de las personas que aquí aparecen fueron modificados para proteger su identidad lo suficiente para que no se enojen conmigo y puedan ser reconocidos por los demás participantes en ese genial torneo escenificado entre Octubre y Noviembre de 2004 en Caracas, Venezuela.
                                                                                                                                       Mario.

Por cortesía de Mario Mendoza